Sucedió en una confesión

Llegaba la iglesia 10 minutos antes de que las confesiones comenzaran. Quería ser de las primeras, sino la primera. Le urgía hablar con el sacerdote, contar lo que vivía, la confusión en la que estaba. Al llegar pudo ver que había 20 penitentes antes de ella. No dudó en quedarse.

 

Empezaron el rezo del Santo Rosario y se unió a él, tuvo varios momentos donde las lágrimas brotaban copiosamente. Sabía que le estaba pasando algo, pero no alcanzaba a comprender lo que era. Había tan solo un sacerdote, pues el otro se había contagiado del Covid 19. De repente llegó el diácono diciendo que las confesiones habían terminado que volvieran mañana a las 3 pm.

Es extraño, pero no se molestó. Aceptó y se dijo que mañana volvería. Llegado el día salió temprano para estar 30 minutos antes de la confesión y ser la primera. Al llegar a la iglesia el diácono le dice que no puede entrar, ella le pregunta:

—¿No hay confesiones a las 3 pm?

—Sí— le responde el diácono—, regrese a esa hora. Si quiere vaya a la capilla que está abierta.

Notó que obedeció sin sentir enojo, pero no pudo dejar de reconocer que el diácono había sido bastante extraño.

Al faltar 5 minutos para las 3 pm regreso a la Iglesia. El diácono le dijo, pase usted que es la segunda.  Ese día, minutos antes de entrar, vino a su memoria Santa Hildegarda Von Bigen. Desde hace unos seis años la admiraba y las últimas semanas había pensado mucho en ella. Le cautivaba su misticismo, su pasión por Cristo. Platicó con esta santa acerca de esta confesión…. le pidió ayuda.

Empezó a llorar con dolor de corazón y un arrepentimiento sincero.  Entonces alguien la tocó en el hombro. Era su turno. Se sentó detrás del divisor pues era un confesionario improvisado.

—Padre, ¿usted habla español?

—Sí claro— respondió una voz de más más dulces que haya escuchado.

Suspiró muy hondo, y con lágrimas en los ojos contó al sacerdote lo que pasaba. Entonces comenzó el momento más hermoso de su vida buscando a Jesús. Era como si el sacerdote conociera su alma. Entonces le dijo que el Señor estaba permitiendo ese dolor para darle una Gracia… que el Espíritu Santo estaba haciendo ese trabajo…

Entonces algo quedó iluminado en su inteligencia y pudo sentir una paz sobrenatural que inundaba su corazón y su cuerpo. Era como si el sacerdote se hubiese convertido en Jesús. Y le preguntó:

—¿Qué has sentido?

Ella respondió sentir una gran paz y alivio.  El sacerdote le dijo que repitiera estas palabras después de él:

Jesús perdóname porque soy una pecadora. Ten Misericordia de mí.

Le dijo que fuera en paz y que rezara un Padre Nuestro y 3 Aves María. Se fue corriendo a la capilla. Iba toda conmovida. Se detuvo frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y le dijo:

Por favor Jesús….

Y siguió conmovida hacia la capilla.

Entró y se dirigió hacia la imagen del Sagrado Corazón. No recuerda un momento en su vida en que haya tenido el gesto de tocar una imagen, puso su mano sobre el Sagrado Corazón y lloró, lloró como mujer enamorada, como mujer de un solo hombre, como alguien que busca desesperadamente la Gracia del Salvador.

Entonces sintió que Él la miraba con el amor que como mujer necesitaba. Y se sintió inundada de un gran gozo. Le había dicho que sí al Señor de la forma en la que Él quisiera.

Salió de ahí con una alegría indescriptible, escuchando claramente unas palabras:

—Vivirás a partir de ahora con Alegría sobrenatural. Yo te amo.

Ha sido el encuentro con Jesús más maravilloso de su vida. Me hizo recordar estas palabras de las Sagradas Escrituras:

“Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.” (Juan 4, 23- 24)

FIRMASHEILA

Sheila Morataya
Austin, TX
www.sheilamorataya.com
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